Yo observé a Gabriel, a esa fuerza que podía otearse a través de la energía que correspondía a su cuerpo. La frase que acababa de soltar podía ser tal cual la frase de un villano sangriento de una película de superhéroes: «Yo soy inevitable», repetí en mi mente con su voz.
El hombre que tenía frente a mí no era más un hombre herido y trastornado, y supe entonces que nada de lo que yo pudiera hacer iba a sacarlo de ese círculo vicioso de sangre y venganza en el que él mismo se había metido. Pare