Tres años después del nacimiento de los trillizos
París se desplegaba ante los ojos de Christopher como un lienzo. La luz dorada del atardecer y el mar de edificios eran como contemplar la mejor obra de arte. Desde la ventanilla del avión, podía visualizar la Torre Eiffel, el río Sena, la catedral de Notre Dame. Había estado muchas veces en Francia, pero no sabía por qué, en ese momento, se sentía tan inquieto y con las manos sudorosas.
—¿Ya intentaste hacer los malditos diseños? ¿Quieres que