—¿Ahora me culparás a mí de tu ineptitud Lugh Ackerman? —exclamó Bryce mirándolo con ojos severos.
—¡Ya basta! —gritó el abuelo Blard, golpeó la gran mesa rectangular, al momento en que un gran silencio los callaba.
Bryce y Lugh se miraban con firmeza, había una rabia entre ellos que ni cinco años podía curar.
—Tú hiciste un negocio a mis espaldas, Bryce.
—Era un buen negocio, cuando lo supiste, dijiste que pensabas que podría resultar.
—Sí, porque estaba hecho, pero ¿Qué fue? Solo neblina,