—¡No vuelvas a lastimar a nuestro hijo! —exclamó Flor.
Los ojos de Denver la miraron con profundo odio.
—¡¿Quién te crees que eres para meterte conmigo?! Estás en esta casa como una arrimada.
—¡No te olvides que aún voy a impugnar de nuevo!
—¿No te cansas? Ya impugnaste antes y perdiste, mujer, perderás siempre. Ve haciendo tus maletas, para que te largues de mi casa.
Denver fue al despacho, Mandy fue detrás de èl.
—Denver… Yo… —dijo con voz temblorosa.
—Lo sé, Mandy, no te sientas culpable de n