Denver despertó, no la encontró ahí, se levantó como resorte, y se visitó apurado.
Salió para verla ahí, en la cubierta, observando el río.
—¿Abby?
—No podemos hacer esto, Denver, te casas pronto, ya no me perteneces, ahora eres de otra mujer.
Denver negó.
—No, Abby, escúchame.
ÉL iba a hablar, cuando una embarcación pasó justo enfrente.
—¡Señor Hank, debe volver, se aproxima una gran tormenta, además, la señorita Rose está enferma!
La voz del hombre les perturbó por completo.
Denver no dijo na