40° Sin rastro.
El tuerto comenzó a hacer que el avión se elevara lo suficiente para alcanzar la altura comercial y todo se sintió dentro del avión un poco más estable.
No estábamos tan arriba como para perder el aliento, ni tampoco tan abajo para morir sofocados.
Cuando vimos tierra en el horizonte, sentí un nudo en mi estómago. Apreté con fuerza el teléfono en mi mano, pero ya ni siquiera valía la pena tenerlo; había tirado el chip en el aeropuerto y me sentí un poco mal por eso.
Al menos me sabía de memoria