Ese lunes, Cassian se levantó temprano, pero no se encerró en el baño como los otros días. Se vistió sin prisa y, mientras se abotonaba la camisa frente al espejo, me miró a través del reflejo.
—Voy a ver a mi abuelo —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba.
Lo observé, sorprendida, pero no quise cargar ese momento con demasiadas palabras. Asentí.
—¿Quieres que te acompañe?
Él dudó un segundo, luego negó suavemente con la cabeza.
—Quiero ir solo… pero gracias.
Lo vi salir del apartam