Mundo ficciónIniciar sesiónHan pasado dos días desde la última reunión en la mansión Arrabal. Lia e Yvy vuelven con la esperanza y los nervios mezclados. Esta vez, la elección final se hará con toda la familia presente. El ambiente está cargado de tensión, incluso antes de entrar.
El auto se detiene frente al portón principal. Lia baja con su maletín y una carpeta cuidadosamente ordenada con los nuevos ajustes de su diseño. Inspira hondo. No quiere pensar en lo que podría salir mal, solo en hacerlo bien.
A pocos metros, el auto negro de Axel ya está estacionado. Ravenna, a su lado, habla sin parar. Su tono es meloso, exagerado como siempre. Está vestida de blanco, con un conjunto que parece más apropiado para una portada de revista que para una presentación profesional. Sonríe mientras se escucha a sí misma planear futuros desfiles, alianzas con marcas extranjeras, entrevistas, y viajes. Está convencida de que el día de hoy sellará su triunfo. Incluso organiza una cena con él para esta noche.
Axel, en cambio, está distraído. Su mirada está fija en la entrada principal, donde dos figuras femeninas acaban de cruzar el umbral. Sus ojos se endurecen cuando reconoce a una de ellas. Es Lia.
Ravenna, notando su cambio de expresión, sigue su mirada. Y lo que ve le provoca un nudo en el estómago. Lia está allí, con un vestido sencillo, de color celeste claro, acompañado de un blazer que resalta su cabello rubio y sus ojos verdes. No lleva mucho maquillaje, pero su rostro se ve sereno. Su piel, ligeramente más clara por las noches sin dormir, resalta bajo la luz del sol. Su porte es firme, elegante y seguro.
Ravenna aprieta los puños con fuerza. Había pedido a Axel que la acompañara para asegurar su victoria, pero también para dejar claro que ella ocupa el lugar a su lado. No tolera ver a Lia allí, como si aún tuviera derecho a compartir su mundo.
—¿Qué hace aquí Lia? —pregunta, fingiendo sorpresa, cuidando su tono para no sonar demasiado molesta—. ¿La invitaron también? ¿O viene acompañando a su amiga?
Axel no responde enseguida. Su mandíbula se tensa, pero mantiene la calma. Es evidente que Lia supo que estaría aquí esta mañana acompañando a Ravenna y por eso vino para aprovechar el momento y que pudieran conversar. Después de todo, desde que se casaron, nunca había pasado tanto tiempo fuera de casa; ya es hora de que vuelva.
—Entremos —dice finalmente. No tiene intención de explicarse más.
Ravenna lo observa, midiendo cada gesto, cada silencio. Lo toma del brazo con una sonrisa estudiada. Si Lia quiere jugar, no le importará recordarle quién tiene la ventaja.
Mientras tanto, dentro del salón, Lia e Yvy preparan los últimos detalles de su exposición. Han mejorado cada trazo, afinado cada punto de costura en las láminas de muestra. Todo está impecable.
—¿Te gustaría tomar un café? —pregunta Yvy, mirando la máquina que está en un rincón del salón—. Salimos sin desayunar y la espera puede ser larga.
—Yo iré —responde Lia, con una sonrisa breve. Yvy asiente; siempre le ha encantado el café que prepara su amiga. Tiene una forma especial de hacerlo, con un equilibrio perfecto entre amargor y suavidad.
Lia camina hasta la mesa y empieza a preparar dos vasos descartables. Su respiración está tranquila, o al menos eso intenta. No quiere mirar a su alrededor, no quiere pensar en nada más que en el diseño.
Pero entonces, una voz femenina, suave y melosa, atraviesa el aire como una aguja.
—Axel, eres un ángel —dice Ravenna, apenas a unos metros de distancia—. Gracias por venir conmigo. No sé qué haría sin ti. Eres mi salvador.
Lia se queda inmóvil con la cuchara suspendida sobre la taza. La frase se clava en su pecho. Reconoce perfectamente esa voz.
Sin girarse, respira hondo y se obliga a continuar con el movimiento. No le dará el gusto de verla alterada.
—Sabes que siempre puedes contar conmigo —responde Axel con voz grave, cargada de esa falsa calidez que tantas veces la confundió—. Si no puedo hacer esto por ti, ¿por quién más lo haría?
Lia sonríe con amargura al escuchar aquellas palabras. Entonces todo tiene sentido. Esta nueva presentación no es una coincidencia. Por supuesto que Axel está detrás de esto. Benedict Arrabal y él son socios desde hace años; era evidente que intervendría para asegurar la victoria de Ravenna. Debería haberlo sabido.
Lia siente una punzada en el pecho. El aire se le escapa. No puede creer que aún le afecten sus palabras. Se siente estúpida. Todos esos años a su lado, todas las veces que creyó que él la valoraba, que detrás de esa fachada fría había un hombre que la amaba. Qué equivocada estuvo. Axel Storme nunca la amó. Ni siquiera le dio una muestra de afecto sincero. Siempre fue una parte de su vida que podía moldear y desechar a voluntad.
Aun con el nudo en la garganta, termina de preparar los dos cafés descartables. El vapor le nubla los ojos por un instante, y aunque se obliga a mantener la compostura, el temblor en sus manos la traiciona. Da media vuelta para regresar con Yvy, pero al girar, se queda helada.
Frente a ella están Axel y Ravenna. Ravenna va pegada a él, su mano acariciando la suya con descaro. Su sonrisa satisfecha y su mirada altiva solo confirman lo que Lia ya sabe: esa mujer está disfrutando cada segundo de esta humillación.
Axel se detiene frente a ella. Sus ojos bajan hacia los vasos de café que Lia sostiene. Durante un instante, parece creer que uno de ellos es para él. Extiende el brazo con naturalidad, como lo haría en cualquier mañana en su oficina, esperando que Lia, obediente como siempre, se lo entregue.
Pero ella se adelanta, da un paso atrás y aparta el vaso de su alcance.
—¿Qué necesita, comandante Storme? —pregunta con voz firme, aunque por dentro siente que todo se derrumba.
Axel carraspea. La respuesta de Lia, tan distante, lo toma por sorpresa. Endurece el gesto.
—Sé que estás aquí para que hablemos, pero este no es el lugar adecuado, Lia —dice en tono bajo, como si estuviera imponiendo orden a un soldado—. No quiero escándalos en una mansión ajena. Creí que eras una persona más razonable, pero veo que me equivoqué.
Lia lo mira sin comprender. ¿Escándalos? ¿Razonable? ¿De qué está hablando? Siente una mezcla de rabia e incredulidad.
Antes de que pueda responder, Ravenna interviene con su voz melosa.
—Axel, no tienes que hablarle así —dice, fingiendo preocupación—. Tal vez la estás malinterpretando.
Esa frase es la gota que colma el vaso. Lia la mira sin disimular su repulsión. La escena le parece grotesca. Ravenna jugando a la víctima, Axel creyéndose el hombre noble que intenta poner orden. Todo es una farsa. El malestar se le acumula en el estómago; por un momento, siente que podría vomitar.
Sin decir palabra, da un paso hacia un lado para esquivarlos. Solo quiere llegar a la mesa donde está Yvy, respirar, fingir que nada de esto pasó. Pero Axel la detiene, sujetándola del brazo.
—Lia —dice, en un tono más suave, casi suplicante—. Puedo entender que estés molesta por lo que pasó la otra noche, pero podemos hablarlo. No aquí, no ahora. Ven a casa.
Las palabras resuenan con fuerza. “Ven a casa”. Como si nada hubiera pasado. Como si todo se redujera a un simple malentendido.
Lia lo observa fijamente, en silencio. La mención de “esa noche” le atraviesa el alma. Y ahora él pretende que sea ella quien dé el primer paso. Que vuelva, que se acomode otra vez a su sombra, a su silencio, a su indiferencia.
Una sonrisa amarga se dibuja en sus labios. No es de tristeza, sino de resignación.
✪ ✪ ✪ ✪







