Las Islas Canarias recibían la tarde con un sol brillante que se reflejaba sobre el mar como si miles de fragmentos de luz danzaran sobre la superficie, el viento era constante, cálido, con ese aroma salino que parecía impregnar cada rincón, pero aquella calma natural contrastaba de manera brutal con lo que estaba a punto de ocurrir.
El puerto estaba lleno de vida.
Yates anclados, embarcaciones de lujo, movimiento constante de personas que iban y venían sin sospechar que en medio de ese paisaje