El sol de la mañana atravesaba lentamente las enormes ventanas de la Villa Ambrosetti. Los rayos dorados caían sobre las cortinas blancas, iluminando suavemente cada rincón de la habitación. Afuera, el jardín despertaba lentamente; las flores se mecían con el viento y las fuentes dejaban escapar aquel sonido tranquilo que parecía llevar calma a cualquier corazón agitado.
Después de tantos días llenos de sangre, miedo, hospitales y despedidas, aquella paz parecía casi irreal.
Diana estaba sentad