La noche había cubierto por completo la ciudad cuando Damian Müller permanecía de pie frente a los enormes ventanales de su residencia, guardó el teléfono en su bolsillo, observando las luces lejanas con una tranquilidad que contrastaba con la tensión que se respiraba detrás de él. Vestía completamente de negro, con la camisa ligeramente abierta en el cuello y las mangas recogidas hasta los antebrazos, mientras una de sus manos descansaba sobre el respaldo de un sillón. Aquel hombre ya no tenía