Elena permaneció sentada en su oficina mucho después de que Valeria abandonara el lugar, con la espalda apoyada contra el respaldo de su silla y la mirada fija en el enorme ventanal que ocupaba una de las paredes. La ciudad continuaba moviéndose debajo de ella, indiferente a sus pensamientos, mientras los vehículos avanzaban por las avenidas y las luces comenzaban a encenderse una tras otra. Sin embargo, dentro de aquella habitación todo parecía haberse detenido alrededor de una sola frase que