Cuando el reloj marcó las siete de la noche, Elena descendió del edificio vestida con un elegante vestido azul marino que abrazaba sus curvas con absoluta naturalidad. Ya no buscaba esconder su cuerpo detrás de prendas enormes ni colores apagados. Había comprendido que la elegancia jamás dependió de una talla, al llegar al salón donde Richard Collins había organizado la pequeña despedida, varios aplausos la recibieron apenas cruzó la puerta.
—¡La reina ha llegado! —exclamó uno de los fotógrafo