El descaro que sostienen algunos hombres sobre su cabeza es perturbador e irritante. Como el que está mostrando el señor Leonel Brown desde anoche con su actitud de víctima. Resulta que, en todo el camino al aeropuerto, en todo el vuelo de regreso y ahora en casi todo el trayecto en taxi a la mansión, no me ha dirigido la palabra. Considerando que sabía lo que había hecho, él debería ser el último insultado.
Deseaba llegar ya para no estar viéndolo a mi lado con su rostro largo y enfocado en su