A una semana de la partida de Leonor, el dolor no había sido superado, solo se había asentado en nuestros corazones. Habíamos pasado el tortuoso ritual social de un fallecimiento, y esperaba que ello nos ayudase a deslavar un poco el ardor en nuestras almas. Como era de esperarse, el funeral de Leonor no fue un evento pequeño e íntimo.
Fue un evento colosal, muy concurrido y que me atrevería a decir que sacudió a la ciudad. Perdí la cuenta de toda la gente que vino a presentar sus respetos a la