El silencio posterior a la rabieta de Hugo aún vibraba alrededor del comedor cuando Harper tomó la palabra.
No había rastro de lágrimas en su voz; la vulnerabilidad de hacía unos minutos atrás se había congelado, transformándose en una determinación fría y calculadora, no podía verse débil o que estaba sufriendo, no frente a Austin.
Harper miró a Austin con una fijeza implacable, ignorando la mirada de reproche que el abuelo todavía le lanzaba a su nieto.
—Asistiré contigo a esa conferencia d