Encuentro en el salón

— Esto es un gran paso — Expuso Marcia Lacrontte mientras ajustaba un cuadro recién adquirido en la Mansión Lacrontte, mientras Helen la observaba — Me a impresionado que mi hijo haya tomado la decisión de dejar la mansión, no voy a negarte que al principio dude, pero cuando me dijo que necesitaban tiempo de calidad a solas, no dude en aceptar.

Helen se burlo en su mente “Si claro, tiempo de calidad a solas conmigo, más bien con su amante”

— Si tía, creo que ha llegado el momento en que nosotros debamos buscar estabilidad como esposos. — en su interior ella se maldijo, su suegra siempre la había protegido, razón por la cual mentirle para proteger las intenciones de Ailén era un dolor profundo.

— Bueno cariño, tienes razón, el casado casa quiere, te dejó, debo de ir a ver que prepararemos de cenar está noche.

— ¿Quieres ayuda?

— No cariño, mejor ponte más hermosa de lo que ya eres y ve a prepararte para está noche. Deberías de ir a la peluquería necesitas un nuevo aire, me e enterado que cerraste un contrato muy difícil.

Helen le toma la palabra a su suegra, definitivamente necesitaba un pequeño suspiro, después de todo hoy más allá del desagradable informe de su esposo sobre la mudanza, había cerrado un contrato multimillonario, así que, una pequeña salida no estaba mal, o al menos eso pensaba ella.

El Ferrari blanco se detuvo con una precisión impecable frente al salón de belleza más prestigioso de Suiza. Su carrocería relucía bajo la luz fría de la tarde que iba cayendo como si ni el polvo se atreviera a tocarlo. El murmullo de la calle se apagó apenas el motor se silenció, porque todos sabían que aquel automóvil no pasaba desapercibido… y mucho menos la mujer que descendía de él.

Helen Lacrontte bajó con la naturalidad de quien está acostumbrada a ser observada. Alta, esbelta, envuelta en un abrigo de líneas perfectas, su cabellera pelirroja caía como fuego pulido sobre sus hombros. Sus ojos color avellana – Hazel, profundos y serenos parecían medir el mundo con una calma peligrosa. Era hermosa, pero no de una belleza frágil: era elegante, imponente, una presencia que dominaba el espacio sin alzar la voz.

Y, sobre todo, todos sabían quién era. La esposa de Alexander Lacrontte.

Las puertas del salón se abrieron de inmediato, como si la esperaran desde siempre. El aire se llenó de sonrisas serviles, reverencias discretas y una atención casi devota. Estilistas, asistentes y recepcionistas se rindieron ante ella sin resistencia, ansiosos por ofrecerle lo mejor, lo exclusivo, lo perfecto.

Para desgracia de Helen y para mayor tormento de otra, Ailén West estaba allí.

Nadie en el salón sospechaba la verdad. Para todos, Ailén no era más que la protegida de Alexander, la amiga de juventud a la que él cuidaba con un afecto casi fraternal. Una joven hermosa, sí, refinada, siempre bien vestida, siempre presente… pero nada más que eso.

Solo una persona conocía la realidad: la estilista encargada de atenderla, la única que sabía que Ailén no era una simple amiga, sino la mujer que Alexander amaba en las sombras.

Cuando Helen cruzó el umbral, Ailén levantó la vista. Sus dedos se tensaron apenas sobre el apoyabrazos del sillón. El brillo en sus ojos no era admiración, sino algo más oscuro: celos, envidia, una punzada ardiente en el pecho. Ver cómo todos se volcaban hacia Helen, cómo su presencia eclipsaba cualquier otra, le resultó insoportable.

Las sentaron cerca. Demasiado cerca.

Helen lo percibió de inmediato. Sintió esa presencia como un aviso silencioso. Su rostro, hasta entonces sereno, se endureció apenas. Conocía bien ese presentimiento: sabía que aquello no terminaría ahí, sabía que esa cercanía le traería problemas con Alexander. Problemas que ya no podía seguir ignorando.

Ailén, por su parte, guardó silencio. No podía permitirse un solo error. Sabía que no debía generar inconvenientes; cualquier paso en falso solo aumentaría el desprecio de Marcia hacia ella, un desprecio que ya pesaba como una sentencia. Así que sonrió, fingió calma, tragó su rabia y esperó.

El salón continuó su rutina entre secadores, perfumes y murmullos, pero la tensión era palpable, invisible y densa. Dos mujeres unidas por un mismo hombre, separadas por un abismo de verdades no dichas.

Cuando finalmente salieron, el espectáculo fue imposible de ignorar.

El Ferrari blanco aguardaba a Helen. Ella subió al vehículo con la misma elegancia con la que había llegado, sola, erguida, dueña de su lugar.

Minutos después, otro automóvil se detuvo frente al salón.

Alexander había venido.

No por su esposa.

Había venido por su gran amiga.

Y entonces, incluso los más distraídos comprendieron que algo no encajaba… aunque nadie se atreviera aún a decirlo en voz alta. Cuando Helen observó aquello solo deja ver una pequeña sonrisa quizás triste o de resignación. Antes de dirigirse a la casa grande, ella decide dar algunas vueltas por la ciudad.

Pero al regresar y entrar en la habitación, para sorpresa de ella alguien la estaba esperando sentado en el sofá, el aura de peligro que emanaba la habitación solo significaba una cosa y era que Alexander estaba allí, la pequeña mujer trata de mantenerse fuerte.

— ¿Qué estabas haciendo en el salón de belleza, quien te dio autorización de ir en el mismo lugar que Ailén?

—¿Estas enfermo? — Helen sabe que estaba desafiando al mismo demonio — ¿Ahora debo de cuidar que tu amante no este en el mismo lugar que yo? — ella sonríe — Entonces deberías de dejar que ya no sea amante, porque eres tú quien nos esta colocando en la misma posición, quien nos deja compartir al mismo hombre.

Alexander se coloca de pie, Helen se ve obligada a retroceder la ferocidad en los ojos azules de su esposo era escalofriante, el hombre la agarra del brazo y se detiene en su muñeca, la fragancia masculina la eclipsa.

— ¿Crees que comparten al mismo hombre, que están en la misma posición? — El hombre tenía burla en su voz y en sus ojos. — Eres demasiado ingenua si piensas que están en la misma posición, tú eres una esposa que me impusieron, una mujer que detesto con todo mi ser, Ailén es la mujer que yo amo, tu no eres nadie, no significas nada para mi, solo un maldito contrato, un número más — el desprecio era palpable.

— ¿Y que esperas que yo sienta por ti? Es estúpido o eres estúpido al pensar que es mi culpa que este matrimonio se lleve a cabo, hubiéramos evitado si tu no hubieras nacido.

— Atrévete a repetir esas palabras.— Sus cuerpos sienten el roce del otro, Helen pese a sentirse diminuta ante su esposo, le sostuvo la mirada.

— En pocas palabras estar casada contigo no fue mi elección, no me importas Alexander y este matrimonio es un infierno para mi, porque dices despreciarme y al final ¿Quién es el que viene hasta esta cama y se entrega como si no existiera un mañana? Déjame decirte quien, el CEO mas respetado, el que le da Jaque mate a todos sus enemigos comerciales, el Rey no solo de los negocios, también del ajedrez, si tanto amas a tu amante, no vuelvas a tocarme, y desde mañana eviten cruzarse en mi camino porque ya no tolerare los berrinches de tu amante y mucho menos los tuyos.

— Es suficiente Helen, no estas calificada para imponer tus ordenes mucho menos a mi y deja de llamar amante a Ailén.

— Yo voy a llamarla como yo lo desee, si tu no la respetas ¿Por qué debería de hacerlo yo? Eres tú el primero en cometer el error en decir que la amas y tienes sexo conmigo ¿Qué clase de amor tienes? Definitivamente no quisiera ser amada por ti.

— ¡Cállate! — espeta con fiereza el hombre. Posterior a esas palabras Alexander Lacrontte se apodera de los labios de su esposa y lo hace con fiereza, Helen emite un quejido ante aquel atraco.

Ella intenta de apartarse, pero no era oponente para la fuerza de su esposo, al final ella se rindió.

Alexander sonrió ante esa acción, una curva lenta y peligrosa en sus labios. Sus dedos se deslizaron por la línea de la mandíbula de Helen, firmes, posesivos, obligándola a mirarlo. En sus ojos había hambre, una necesidad que no pedía permiso. Helen sintió cómo su pecho se tensaba, cómo su cuerpo traicionaba la resistencia que su mente intentaba.

El beso no fue suave ni indulgente; fue un choque, una reclamación. Sus labios la tomaron con urgencia, como si la hubiera esperado demasiado tiempo. Helen intentó mantenerse rígida, negarse, pero la presión de él, la forma en que la sostenía, hizo que su resistencia comenzara a resquebrajarse.

Había hambre en ese beso. Una necesidad casi feroz que Alexander imponía sin reservas. Sus labios se movían con seguridad, reclamando, dominando, marcando territorio. Helen sintió cómo su respiración se desordenaba, cómo el pulso le golpeaba en los oídos. A pesar de sí misma, respondió. Primero con un suspiro involuntario, luego con un leve movimiento que Alexander no tardó en aprovechar.

Él profundizó el beso, saboreando su rendición. La mano que sostenía su rostro se deslizó hasta su nuca, manteniéndola ahí, sin escapatoria. Helen cerró los ojos, odiándose por ceder, odiándolo a él por saber exactamente cómo hacerlo. Su resistencia se desvaneció en el instante en que sus labios se movieron al ritmo de los de Alexander, devolviendo un beso que ya no era negación, sino aceptación.

Cuando finalmente se separaron, el aire pareció volver de golpe. Helen abrió los ojos, aún aturdida, el corazón latiéndole con fuerza. Alexander la observaba con una expresión cargada de triunfo, una burla apenas disimulada en su mirada.

—No eres capaz de negarte a un beso mío —dijo con calma cruel—. Y aun así, lo único que consigues de mí son migajas. Si vengo a ti, es porque lo único bueno que puedes ofrecer es tu cuerpo. ¿Piensas que eres especial Helen? Déjame decirte que no, solo sabes abrir las piernas y lo haces muy bien.

Las palabras cayeron como una bofetada.

Helen sintió cómo el calor del beso se transformaba en un frío doloroso en el pecho. Su rostro palideció, y durante un segundo pareció encogerse sobre sí misma. Aquella frase no solo deshacía el momento, lo convertía en otra herida más. Alexander no solo había reclamado su cuerpo; había recordado, una vez más, el lugar que él creía que ella ocupaba.

Apartó la mirada, incapaz de sostener la suya. El silencio regresó, pero ya no era denso, sino punzante. Alexander había obtenido lo que quería: su rendición y, después, su humillación.

Y Helen, una vez más, se quedó con el eco de unas palabras que dolían más que cualquier rechazo. Esas palabras eran una ofensa que traspasa su alma y la deja en un abismo doloroso y profundo. Pero del cual ella está consciente que debe de salir.

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