El silencio de la villa era distinto a cualquier otro que Helen hubiera conocido. No era simplemente la ausencia de sonido, sino una quietud densa, casi palpable, como si las paredes respiraran recuerdos y los guardaran celosamente entre sus grietas. Cuando cruzó el umbral, con la maleta aún en la mano, sintió cómo algo en su interior se aflojaba… y al mismo tiempo, algo más se quebraba.
La puerta se cerró suavemente detrás de ella, y el eco fue suficiente para recordarle que estaba completamen