La lluvia caía fina sobre la ciudad cuando Ailen bajó del taxi en una calle estrecha del barrio antiguo. No era un lugar al que alguien como ella acudiría normalmente. Los faroles eran tenues, las fachadas estaban desgastadas por el tiempo y el aire tenía un aroma mezclado de incienso y humedad. Apretó el bolso contra su pecho y miró el letrero discreto colgado sobre una puerta roja: “Consultas espirituales”.
—Ridículo —murmuró para sí misma—. Pero necesario.
Empujó la puerta.
El sonido de u