La tarde caía con una suavidad extraña sobre Jeju, como si el cielo mismo hubiera decidido volverse más delicado para no perturbar la fragilidad de todo lo que estaba ocurriendo. La luz dorada se filtraba por los ventanales del hospital, dibujando sombras largas y tranquilas sobre los pasillos silenciosos. Había un murmullo lejano de pasos, voces contenidas, el sonido intermitente de máquinas… pero en medio de todo aquello, existía un espacio suspendido, íntimo, donde el tiempo parecía haberse