Treinta y cinco

Eduardo

Afuera de la galería, Elisa sostuvo el brazo de Eduardo con una delicadeza ensayada. El viento nocturno agitaba los mechones sueltos de su cabello, y el vestido rojo seguía llamando la atención incluso bajo la luz amarillenta de la calle.

—La noche apenas está comenzando —dijo ella, con una sonrisa insinuante—. Podemos ir a un lounge que conozco. Tiene música en vivo, buenos tragos… te va a encantar.

—No, Elisa. —Su voz salió firme, seca; apartó su brazo sin delicadeza—. Estoy cansado.
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