Eduardo
El sol aún no había salido cuando Eduardo abrió los ojos al techo familiar de su habitación. La noche había sido larga e insomne, pero distinta a las noches anteriores de agonía y arrepentimiento; esta había estado poblada por un propósito claro y singular que ardía en su pecho con la intensidad de un horno: conquistar a Vivian.
Y lo haría de la única manera que sabía: no con flores y poesías, sino con la misma precisión quirúrgica, la misma obsesión metódica y los mismos recursos impla