El Le Jardin jamás había presenciado una cena tan desconcertantemente cómica.
Eduardo había reservado el restaurante entero —cada mesa, cada flor, cada vela— imaginando una noche perfecta e íntima, donde nada ni nadie los interrumpiera.
Pero el plan se derrumbó en el instante en que apareció Matheus.
Los camareros intercambiaban miradas inciertas, tratando de entender qué estaba pasando. ¿Una cena romántica… para tres?
El maître dudaba entre servir el vino o huir a la cocina.
Vivian, por su par