Eduardo
Odiaba cada centímetro cuadrado de aquella galería. El aire olía a pintura fresca y pretensión; la gente hablaba demasiado alto sobre significados demasiado profundos para obras que él consideraba mediocres, y en algún lugar de aquel laberinto de egos inflados estaba Matheus —el dueño del lugar y, no por casualidad, el actual objeto del odio más puro que Eduardo había logrado cultivar.
Pero Vivian estaba allí. Y donde estuviera Vivian, Eduardo estaría también, aunque eso significara pas