Gabriel
La carta sigue sobre el escritorio como si respirara.
No importa cuántas veces la lea, el mensaje no cambia. Lo que cambia soy yo. Mi paciencia. Mi tolerancia. Mi margen de error.
—Esto no es de Santorini.
La voz de Lucas rompe el silencio del estudio. Está de pie frente a mí, la chaqueta todavía puesta, el gesto serio. A su lado, Marco —mi jefe de seguridad— permanece inmóvil, con las manos cruzadas a la espalda, como si estuviera esperando una sentencia.
—Explícate —digo, sin levantar la mirada del papel.
Lucas suspira. Ese suspiro de mierda que antecede a las malas noticias.
—Santorini es directo. Brutal. No escribe poemas ni deja advertencias estéticas en camas matrimoniales. Esto… —hace un gesto vago hacia la carta— es psicológico. Íntimo. Alguien que quiere desestabilizarla a ella… y a ti a través de ella.
Levanto la vista de golpe.
—¿Insinúas que esto es personal?
—No lo insinúo —responde—. Lo afirmo.
Marco da un paso al frente.
—La carta no entró por ningún punto exte