Gabriel
La carta sigue sobre el escritorio como si respirara.
No importa cuántas veces la lea, el mensaje no cambia. Lo que cambia soy yo. Mi paciencia. Mi tolerancia. Mi margen de error.
—Esto no es de Santorini.
La voz de Lucas rompe el silencio del estudio. Está de pie frente a mí, la chaqueta todavía puesta, el gesto serio. A su lado, Marco —mi jefe de seguridad— permanece inmóvil, con las manos cruzadas a la espalda, como si estuviera esperando una sentencia.
—Explícate —digo, sin levanta