Isa
No alcanzo a gritar su nombre.
No porque no quiera, sino porque una mano enorme me tapa la boca con brutal precisión, como si hubiese practicado este movimiento mil veces. El mundo se vuelve ruido y forcejeo. El café, la acera, el cielo, todo desaparece cuando me levantan del suelo y me empujan dentro de la camioneta.
El golpe es seco. Metal contra cuerpo.
La puerta se cierra de un portazo y el sonido retumba dentro de mi cabeza como un disparo. El vehículo arranca de inmediato, sin vacilaciones. Todo ocurre demasiado rápido, pero mi mente, traicionera, se aferra a los detalles absurdos: el olor a gasolina, el tapizado áspero del asiento, el calor sofocante.
Mis muñecas arden cuando las aprietan. Trato de patalear, de morder, de hacer cualquier cosa que me devuelva el control, pero soy una muñeca torpe entre brazos que no tiemblan.
Escucho voces. Masculinas. Tranquilas.
Eso es lo que más me aterra.
No hay insultos. No hay gritos. Solo frases cortas, eficientes.
—Ya.
—Ciérrala bien