Vincenzo se quedó solo en la esquina vacía. El cigarro se le consumió entre los dedos y ya ni lo sentía. Levantó la mirada al cielo indiferente de Nueva York y, de golpe, entendió: la mujer que alguna vez lo curó con ternura ya no iba a volver.
Enloqueció activando la maquinaria del clan Moretti: bloqueó aeropuertos y puertos, rastreó hospitales y sistemas de transporte, revisó salidas del país, incluso intervino las cuentas de mis familiares y amigas.
Pero se le olvidó algo: yo nunca fui la “ni