La luz de la mañana se colaba como un ladrón suave por las rendijas de las cortinas. París respiraba despacio allá abajo, con ese murmullo de ciudad que nunca duerme del todo pero que a esa hora parecía susurrar. Yo abrí los ojos primero y me quedé quieta, sintiendo el calor del cuerpo de Sebastián pegado al mío por la espalda. Su brazo me rodeaba la cintura como si hubiera nacido ahí, su respiración lenta y profunda contra mi nuca. No había prisa. No había reuniones, ni correos urgentes, ni ag