Mundo de ficçãoIniciar sessãoSebastián no se inmutó. No apartó la mirada.
—No voy a forzarte a nada —dijo con voz baja—. Pero si vamos a vender esto, tiene que haber intimidad. Toques. Besos que no parezcan ensayados. Caricias que no se detengan en la puerta de la habitación. Si mi abuelo nos ve fríos, distantes, incómodos… sabrá que es mentira. Así que sí, Chloe. Va a haber momentos en los que tengamos que cruzar líneas. No porque yo lo quiera. Porque él nos obliga. Y porque los dos queremos salir de esto con algo que valga la pena.
El silencio se estiró entre nosotros, pesado, cargado de posibilidades que ninguno quería nombrar todavía.
Al final, asentí. Una sola vez. Lenta. Definitiva.
—Está bien —susurré—. Pero si alguna vez cruzamos una línea que no queremos cruzar… me lo dices antes. Y yo te lo digo a ti. No más sorpresas. No más “esto es parte del trato” sin hablarlo.
Él inclinó la cabeza, aceptando.
—Trato hecho.
Extendió la mano. La misma mano que había cubierto la mía en la mesa de la cena, la que me había guiado hacia esta habitación. La tomé. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos, firmes, cálidos. No era romántico. Era un pacto.
Me soltó y señaló el pasillo hacia su habitación, ahora “nuestra habitación”.
—Duerme conmigo esta noche. Mañana empezamos a reorganizar todo. La ropa. Los armarios. La vida.
Asentí de nuevo, incapaz de decir nada más.
Cuando entramos en la habitación, la cama king size parecía enorme y al mismo tiempo demasiado pequeña.
Sebastián encendió la luz tenue de las lámparas laterales, solo lo suficiente para que la habitación no quedara a oscuras. El espacio era impecable, paredes en tonos grises profundos, muebles de madera oscura y líneas rectas, todo ordenado con una precisión casi militar. Ni una arruga en la colcha, ni un libro fuera de lugar en la mesita de noche. Parecía una suite de hotel de lujo más que un dormitorio vivido.
—Ven —dijo él, caminando hacia el vestidor sin esperar a que yo respondiera.
Lo seguí. El vestidor era más grande que mi antiguo salón. Dos paredes enteras cubiertas de estanterías y cajones, ropa colgada por colores y tipos, zapatos alineados como soldados. En el centro, una isla de mármol con un espejo enorme.
Sebastián abrió uno de los paneles correderos.
—Aquí va tu ropa. Todo lo que traigas mañana se coloca aquí. —Señaló la mitad izquierda del armario, que estaba vacía—. Nada de perchas mixtas ni cajones compartidos todavía. Mañana lo organizamos bien. —Hizo una pausa y me miró directo—. Pero mantén todo ordenado, Chloe. No me gusta el desorden. Ni un calcetín fuera de su sitio. Ni una camiseta doblada mal. Si vamos a compartir espacio, que sea funcional.
Asentí en silencio. No era una petición. Era una regla.
Siguió moviéndose por el vestidor como si estuviera dando un tour de inspección.
—Mis trajes aquí. Camisas por tono, de claro a oscuro. Corbata en este cajón, separadas por color y textura. Zapatos debajo, siempre limpios. —Abrió otro panel—. Perfumes y relojes en esta vitrina. No toques nada sin preguntarme, al menos al principio. —Se giró hacia mí—. El baño está al fondo. Toallas nuevas en el armario de la derecha. Productos básicos ya están, pero mañana traes los tuyos. Nada de dejar botes abiertos o maquillaje regado por la encimera. ¿Entendido?
—Entendido —murmuré. Mi voz sonaba pequeña en ese espacio tan perfecto.
Sebastián cerró el panel y salió del vestidor. Yo lo seguí de nuevo hasta la habitación principal.
—Tus cosas están en la maleta está en la habitación que te habían asignado al principio. La de invitados. —Señaló hacia el pasillo—. Puedes ir a ducharte allí si quieres. Hay toallas limpias y todo lo necesario. Yo me quedo aquí.
Me quedé quieta un segundo, procesando.
—Gracias —dije al fin, porque no sabía qué más decir.
Él solo asintió y se quitó los gemelos de la camisa con un movimiento preciso.
Salí de la habitación sin mirar atrás.
El pasillo parecía interminable. Llegué a la puerta que él había señalado, una habitación amplia, elegante, con una cama queen perfectamente hecha y una maleta mía en el suelo junto al armario. Intacta. Nadie la había tocado. Ni siquiera abierta.
Me acerqué y la abrí. Saqué una pijama sencilla de algodón gris, la única decente que tenía, y ropa interior limpia. Cerré la maleta y me dirigí al baño de esa habitación.
Cuando abrí la puerta, se me escapó el aire.
El baño era enorme. Una bañera exenta que parecía una obra de arte y productos de marcas que solo había visto en revistas. Olía a limpio, a cítricos y a madera.
Me quedé parada en la puerta un momento, sintiendo lo absurdo de la situación. Yo, que había lavado la ropa en un lavadero comunitario durante años, ahora tenía un baño enorme.
Me desnudé despacio, dejando la ropa doblada sobre el banco. Abrí la ducha. El agua salió caliente al instante, con una presión perfecta. Me metí bajo el chorro y cerré los ojos. El vapor me envolvió. Por un momento, solo existió el sonido del agua golpeando las baldosas y el calor que me relajaba los hombros tensos.
Cuando estuve lista, me puse la pijama. Ropa interior limpia. Calcetines gruesos porque el suelo era frío.
Miré mi reflejo en el espejo enorme. Cara lavada, pelo húmedo cayendo en ondas desordenadas, ojeras que no había podido esconder. Parecía una intrusa.
Respiré hondo.
Salí de la habitación de invitados y caminé por el pasillo en penumbra. La puerta de la habitación principal, estaba entreabierta. No toqué. Simplemente empujé y entré.
Sebastián ya estaba en la cama.
Acostado del lado derecho, con la espalda apoyada en el cabecero, leyendo algo en su tablet con la luz tenue de la pantalla iluminándole el rostro. Llevaba una camiseta negra de manga corta y pantalones de pijama grises. El pelo todavía húmedo, peinado hacia atrás. Parecía relajado, pero supe que no lo estaba del todo.
Levantó la vista cuando me escuchó entrar.
—Tu lado es el izquierdo —dijo sin preámbulos, señalando con la barbilla la mesita de noche del lado opuesto—. La almohada ya está puesta. La luz de tu lado se controla desde ahí.
Asentí. Caminé hasta mi lado de la cama con pasos cuidadosos, como si el suelo pudiera romperse bajo mis pies. Levanté la sábana y me metí. Las sábanas eran frescas, suaves, caras. Olían a lavanda y a limpio.
Me acomodé de espaldas a él, mirando hacia la ventana. La ciudad seguía brillando allá abajo, indiferente.
Sentí cómo él apagaba la tablet y la dejaba en su mesita. La luz se extinguió. La habitación quedó en penumbra, solo iluminada por el resplandor lejano de las luces de la ciudad.
El silencio era denso, lleno de cosas no dichas.
Sentí el colchón hundirse ligeramente cuando él se acomodó mejor. No me tocó. No se acercó. Pero estaba allí. A menos de un metro. Su respiración lenta, controlada.
Cerré los ojos, pero no sabía si iba a dormir esa noche.
Lo que si sabía, era que, a partir de ese momento, no había vuelta atrás.
Éramos marido y mujer. Y el mundo, o al menos Arthur Blackwood, iba a creérselo.
O eso esperábamos.







