Mis dedos se congelaron en el nudo de la corbata. El whisky que acababa de beber se convirtió en plomo en mi estómago.
—¿Qué… qué acabas de decir?
Sebastián no apartó la mirada. Sus ojos grises parecían más oscuros bajo la luz tenue del penthouse, casi negros. La corbata ya estaba suelta entre mis manos temblorosas, pero no me atreví a soltarla. Era como si aferrarme a esa tira de seda fuera lo único que me mantenía en pie.
—Dije —repitió él con esa calma quirúrgica que usaba cuando estaba a pu