El miércoles amaneció con un sol tímido que se colaba por las rendijas de las persianas. No era un día radiante, pero al menos ya no pesaba el plomo del cielo del día anterior. Me desperté antes que él otra vez. Esta vez no me quedé mirándolo en silencio; en cambio, me acerqué despacio y apoyé la frente contra su espalda desnuda. Sentí cómo su respiración cambió de ritmo: se dio cuenta de que estaba despierta.
Se giró con lentitud, los ojos todavía hinchados de sueño y de algo más pesado. Me mi