El teléfono de Sebastián vibró sobre el escritorio justo cuando yo regresaba del café. Él acababa de volver de su reunión con los inversores, aún con el traje ligeramente arrugado y el ceño fruncido por las cifras que no terminaban de convencerlo. Miró la pantalla y su rostro cambió al instante.
—Es la clínica de rehabilitación en Portugal —dijo en voz baja, contestando de inmediato—. Blackwood.
Escuché solo su parte de la conversación, pero fue suficiente para que se me helara la sangre.
—¿Cóm