Ezran
El coche se desliza en la noche, devorando los kilómetros que me separan de ella. La confrontación con Lidia ha dejado a su paso un silencio de catedral dentro de mí. Ya no hay ira, no hay rabia. Solo una necesidad urgente, primal, que late al ritmo de mi sangre: Gracias.
Dejo atrás la villa, sus luces apagadas, su propietaria ausente. El mar, invisible, se adivina por el gusto salino en el aire y por el murmullo lejano de las olas. Mi corazón golpea contra mis costillas, un tambor salvaj