Ezran
El tejado está frío bajo mis pies, como si la ciudad misma hubiera decidido castigarme. El aire muerde la piel a través de mi abrigo y me recuerda que sigo vivo por ahora. Abajo, las luces de la ciudad titilan, ciegas e indiferentes. No saben nada de lo que se ha roto dentro de un pasillo de hospital; no saben nada de las vidas amputadas. Simplemente brillan.
Me apoyo en el parapeto, el metal helado mordiendo mi muñeca. La lluvia ha dejado de caer, pero persisten algunas gotas, como si el