Ezran
El tejado está frío bajo mis pies, como si la ciudad misma hubiera decidido castigarme. El aire muerde la piel a través de mi abrigo y me recuerda que sigo vivo por ahora. Abajo, las luces de la ciudad titilan, ciegas e indiferentes. No saben nada de lo que se ha roto dentro de un pasillo de hospital; no saben nada de las vidas amputadas. Simplemente brillan.
Me apoyo en el parapeto, el metal helado mordiendo mi muñeca. La lluvia ha dejado de caer, pero persisten algunas gotas, como si el cielo aún dudara. Cierro los ojos, dejo que la noche entre en mí como una mano. Hay un calendario de ira que se despliega en mí, primero el shock, luego la confesión, después la decisión. Si me han robado algo, entonces hay que seguir la pista.
Mi teléfono vibra en mi bolsillo, y lo saco como se saca un arma. El contacto es el mismo que he mantenido durante años: un número al que nunca he tenido que llamar para cosas triviales. Los dedos titubean, y luego presionan.
— Comisaría central, respond