GRACIA
Todo está firmado. El ruido del bolígrafo se apaga, pero en mi pecho resuena aún como un trueno. No es más que un roce de tinta sobre papel, y sin embargo, tengo la sensación de haber roto una cadena invisible. Un capítulo entero de mi vida acaba de cerrarse, pero aún no me atrevo a pasar la página.
Cuando salimos, el aire fresco muerde mis mejillas. Podría tambalearme, pero él está ahí, un paso detrás, exactamente a la distancia correcta. No para sostenerme. Para anclarme. Su presencia es una sombra que no aplasta, sino que envuelve.
La limusina devora las calles como si la ciudad se apartara de sí misma para dejarnos pasar. Miro las fachadas pasar y siento que nada me pertenece, excepto ese segundo frágil entre dos respiraciones. Cuando el vehículo finalmente se detiene, levanto la vista.
Un edificio surge ante mí, todo de vidrio y acero, erguido como un desafío lanzado al cielo. Reconozco el lugar: el restaurante más reputado, aquel donde solo se cena cuando se quiere ser vi