GRACIA
Creía que el silencio sería suficiente para protegerme. Que si bebía lentamente mi jugo de granada, si contenía la respiración, la noche terminaría sin contratiempos, como un paréntesis lujoso en este caos. Pero estaba equivocada.
Deja su vaso, sin ruido esta vez, y entrelaza los dedos frente a él. Su mirada se posa en mí. No hay dureza. No hay cálculo visible. Solo esa intensidad tranquila que me prohíbe desviar la mirada.
— Tenemos que hablar, dice suavemente.
Su voz no corta. Envuelve