GRACIA
Creía que el silencio sería suficiente para protegerme. Que si bebía lentamente mi jugo de granada, si contenía la respiración, la noche terminaría sin contratiempos, como un paréntesis lujoso en este caos. Pero estaba equivocada.
Deja su vaso, sin ruido esta vez, y entrelaza los dedos frente a él. Su mirada se posa en mí. No hay dureza. No hay cálculo visible. Solo esa intensidad tranquila que me prohíbe desviar la mirada.
— Tenemos que hablar, dice suavemente.
Su voz no corta. Envuelve, como una manta sobre hombros helados. Sin embargo, me hace estremecer.
Me incorporo, nerviosa.
— ¿De qué?
Me escruta, y tengo la sensación de que no solo examina mi rostro, sino lo que llevo dentro. Como si la más mínima vibración de mi vientre, el más leve eco de esta vida, ya le perteneciera.
— De ti, murmura. Y del niño.
Apreto el vaso entre mis manos. Pero no protesto. No esta vez. Porque él sabe. Porque ya lo sabía. Porque he, a pesar de mí misma, aceptado que lleve este peso conmigo.
Un