Kalid caminaba con pasos firmes hacia el despacho de su padre, donde la presencia del patriarca de los Al-Rashid era casi palpable, incluso antes de abrir la puerta. Al entrar, encontró a su padre sentado detrás de un escritorio de madera maciza, observando con atención unos documentos. Su semblante autoritario y su postura recta eran suficientes para imponer respeto a cualquiera.
—Kalid, ¿a qué debo tu visita? ¿y porque no has traído a tu hermano?—pregunta el patriarca sin levantar la vista, a