No había desaparecido su hombría, pues en cuanto esa toalla cayó al piso, sus ojos se clavaron en la mujer perfecta que estaba frente a él. Se le hizo imposible dejar de mirarla y, aunque peleó para quedarse lejos de ella, su cuerpo lo acercó como un imán.
—¡Eres perfecta!
—Por favor, no me veas. —Cubrió su rostro estando totalmente ruborizada.
—Perdóname, pero no puedo dejar de hacerlo.
—Entonces no mientas diciendo que soy perfecta cuando claramente no es así y es todo lo contrario.
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