René Chapman
Cuando entré al despacho y miré la cara de mi esposa, supe que había pasado lo inevitable. Mi mente viajaba una y otra vez a ese momento y solo lograba sentirme más miserable.
—Sinceramente, todavía no sé qué haces aquí.
Mi mejor amigo me miraba con cara de desaprobación.
»—Deja de ser un imbécil y ve ya mismo a tu casa.
—No lo entiendes, ir ahora volverá todo más complicado. Tú no la viste, estaba dolida y enfadada. Creo que será muy difícil que me perdone esto.
—Hombre, ¿Por qué