Ivette Russell
Mi sonrisa se congeló en el acto. Y pasé de estar rebosante de felicidad a sumirme en un oscuro y profundo hueco de agonía y depresión.
Pude haberle pedido a mi esposo que nos fuéramos, con la excusa de sentirme indispuesta. Pero, por su cara, es más que evidente que sabes quiénes son ellos.
—Oh, Sr. y Sra. Russell. —El abuelo de René abrió los brazos en su máxima expresión para darles una calurosa bienvenida.
Empequeñecida, no me quedó de otra que guardar mi impotencia en el baú