Casi dos semanas habían pasado desde que esa odiosa mujer había abandonado la Manada.
Ni Adam ni yo estuvimos presentes, Adam por vergüenza y yo por no intentar matarla.
Se habían encargado de echarla Austin y unos guardias. También le habían advertido que de poner un pie en nuestras tierras sería ejecutada de inmediato.
Austin nos contó que montó un espectáculo y se hizo la enferma otra vez. Pero Austin no sintió pena por ella y la obligó a abandonar la Manada de todos modos.
Por fin la