El auto derrapó frente a emergencias. Max ni siquiera apagó el motor. Salió, corrió al otro lado, abrió la puerta.
Anabela estaba doblada, agarrando su vientre, jadeando.
—No puedo... no puedo caminar...
—No tienes que hacerlo.
La levantó en brazos. Otra contracción la golpeó. Ella gritó contra su pecho.
—¡NECESITO UNA SILLA DE RUEDAS! ¡AHORA! —rugió Max.
Dos enfermeras salieron corriendo con una silla. Max la sentó con cuidado. Anabela se aferró a los brazos de la silla, con los nudillos blanc