Unas semanas después.
Hugo entró a la habitación donde Anabela se preparaba. Ella estaba frente al espejo de cuerpo completo, ajustándose el velo con manos temblorosas.
Su vestido era perfecto. Seda blanca italiana que caía en líneas fluidas desde un escote en V. Las mangas largas de encaje delicado. La falda fluía desde su cintura alta, acomodándose sobre su vientre de siete meses y medio.
Se veía radiante.
Pero estaba temblando.
—Hija —dijo Hugo suavemente.
Anabela se giró. Sus ojos brillan