Max eligió una cafetería en la Roma Norte que no tenía nombre visible ni menú en la puerta ni nada que sugiriera que existía excepto un letrero de madera con una taza pintada a mano que podía significar café o podía significar cualquier cosa. Era el tipo de lugar que encontrabas solo si alguien te lo mostraba, lo cual era exactamente por qué Max lo conocía: un ex compañero de la Agencia se lo había enseñado hacía años como punto de encuentro para conversaciones que necesitaban paredes sin oídos