Anabela llegó al departamento de Sofía un miércoles a las cuatro de la tarde sin avisar porque llevaba cuarenta y ocho horas debatiendo consigo misma si debía hacer esto y si esperaba un día más iba a encontrar una razón para no hacerlo y esta conversación llevaba veinticinco años de retraso.
Sofía abrió la puerta con cara de sorpresa que duró medio segundo antes de recomponerse en la sonrisa de siempre, esa que Anabela conocía de memoria porque la había visto formarse desde que su hija tenía s