La mañana siguiente, Anabela despertó con un golpe suave en su puerta.
—¿Señorita Ocampo? —la voz de una sirvienta—. La Duquesa solicita su presencia en el salón de té.
Anabela se incorporó. Todavía desorientada.
—¿Ahora?
—Sí, señorita. En treinta minutos.
"Genial. Exactamente lo que necesitaba."
Se vistió rápidamente. Eligió un vestido azul marino sencillo pero elegante. Nada demasiado llamativo.
Bajó las escaleras siguiendo las indicaciones de Edmund. Llegó a un salón iluminado con luz natura