Mundo ficciónIniciar sesiónEl día siguiente comenzó más tenso que de costumbre.
Ziara llegó temprano, más temprano que nadie. No porque quisiera impresionar a Yaniel, sino porque necesitaba ese espacio silencioso antes de que todos aparecieran con sus susurros, burlas o miradas inquisitivas. El ascensor subió lentamente, cada número iluminándose como si contara los segundos que le quedaban de tranquilidad. Al llegar a su escritorio, dejó el bolso y exhaló profundamente. La calma duró exactamente lo que tardó Yaniel en atravesar el pasillo. Su presencia llenó todo el espacio al instante. Traje oscuro, pasos firmes, mirada fría. Un aura de autoridad que hacía que todos agacharan la cabeza al pasar… menos ella. No porque no quisiera, sino porque ya estaba cansada de sentir que tenía que encogerse ante él. Sus miradas chocaron. Una corriente invisible atravesó el aire. —En mi oficina —ordenó él sin detenerse. Ziara tragó saliva y lo siguió, sintiendo que cada músculo de su cuerpo se tensaba. No había empezado bien. La puerta se cerró tras ella. Yaniel caminó hasta su escritorio, tiró unos documentos sobre la mesa y la miró con la mandíbula apretada. —Los Moretti —comenzó, apretando los dientes—. Llevan toda la mañana presionando a mi padre. Quieren acelerar el compromiso. Ziara sintió un latigazo de miedo. —Y-yo no tengo control sobre eso, señor López… —¡Pues deberías tenerlo! —estalló él. La voz resonó en las paredes como un trueno. Ziara dio un pequeño salto. —No veo —continuó él, acercándose— por qué no puedes hablar con ellos. Decirles que no estás de acuerdo, que no quieres casarte, que esto no tiene sentido. Cualquier cosa. —Porque no me escucharían —susurró ella. Yaniel la miró con incredulidad, casi con burla. —Eres su hija. Claro que te escucharían. Ziara apenas esbozó una sonrisa triste. —Soy su moneda de cambio, señor López. No su prioridad. Las palabras lo golpearon más fuerte de lo que esperaba. Ziara lo vio tensarse, como si no supiera qué hacer con esa información. —Aun así —dijo él, más bajo pero igual de frío—, esto nos afecta a ambos. Y no voy a permitir que me manipulen. —Ni yo —respondió ella con suavidad. Un silencio extraño se instaló entre ellos. Él abrió la boca, quizá para decir algo más, pero la puerta se abrió de golpe. La asistente senior entró apresurada. —Señor López, disculpe, pero el señor López padre está abajo. Dice que necesita verlo con urgencia. Yaniel frunció el ceño. —¿Mi padre? ¿Aquí? —Sí, señor. Y… viene con los Moretti. Ziara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Yaniel la miró con una mezcla de furia y desconcierto. —Tú —dijo él, señalándola— no te muevas de aquí. Veinte minutos después, la oficina entera murmuraba. Los Moretti. El patriarca de los López. El ambiente estaba tan cargado que parecía que faltaba oxígeno. Ziara sostenía una carpeta entre sus manos solo para evitar que se notara el temblor. Ella sabía lo que se avecinaba. Lo había sentido desde que salió de casa. Desde que Sophia le había lanzado esa sonrisa venenosa antes de que Ziara saliera hacia la oficina. “Hoy te vas a caer, hermanita.” Ahora entendía por qué. Yaniel apareció en la puerta de su oficina. —Entra —ordenó con una frialdad que no se molestó en disimular. Ziara tragó saliva y lo siguió. La sala de reuniones era enorme, con una mesa de madera brillante y sillas de cuero. Pero lo que imponía no era el mobiliario: eran las personas sentadas alrededor. El señor Eduardo López, padre de Yaniel, con una expresión severa. Armando Moretti, con una sonrisa diplomática pero llena de veneno. Marcela Moretti, con un gesto orgulloso, como si ya hubiera ganado. Y Sophia… hermosa, impecable, y con una sonrisa malvada dibujada en los labios. Ziara sintió que el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho. Yaniel se sentó sin mirar a nadie, solo apretando el puño sobre la mesa. El señor López tomó la palabra: —Bien, ya estamos todos. Creo que es momento de dejar las cosas claras. Ziara sintió que el aire se espesaba. —Como ambas familias han acordado —continuó—, hoy oficializaremos el compromiso entre mi hijo, Yaniel López, y Ziara Moretti. Ziara sintió que la sangre se le helaba. Yaniel se incorporó de golpe. —No —dijo con voz dura—. No he aceptado nada. Los Moretti lo miraron como si fuera un niño malcriado. Sophia frunció el ceño, molesta por la tensión que no esperaba. —Hijo —intervino el señor López—, esta unión no es un capricho. Es una necesidad para nuestras empresas, nuestras familias y nuestro legado. No puedes oponerte así. Yaniel apretó la mandíbula. —Ziara y yo no somos compatibles. —No hablamos de amor —dijo Marcela con una sonrisa fría—, hablamos de conveniencia. Ziara sintió como si miles de agujas le atravesaran el pecho. Conveniencia. Intercambiable. Prescindible. Sophia sonrió con más fuerza, disfrutando cada segundo. Yaniel se dio la vuelta hacia ella. —¿Tienes algo que decir? —preguntó con dureza. Sophia ladeó la cabeza. —Solo que me parece gracioso, Yaniel. Estás haciendo un drama por algo que ella ya aceptó, ¿no? —miró a Ziara—. ¿No es lo que siempre quisiste? ¿Ser parte de una familia de verdad? ¿Casarte con el CEO? Ziara bajó la mirada. No porque aceptara las palabras, sino porque si alzaba la cabeza, las lágrimas amenazarían con salir. Armando Moretti intervino: —Ziara entiende sus responsabilidades. Y como futura señora López, sabrá cumplirlas. Yaniel golpeó la mesa con la palma abierta. —¡Ella no será mi esposa! El silencio cayó como un balde de agua helada. Los ojos de todos giraron hacia Ziara. Ella retrocedió involuntariamente. El señor López padre suspiró. —Hijo, tu opinión no cambiará lo que ya está decidido. Y dado que los Moretti han sido más que pacientes… hoy se firmará el acuerdo preliminar del compromiso. Ziara sintió que algo en su interior se quebraba. Yaniel se quedó helado. —¿Hoy? —exigió. —Hoy —confirmó el señor López. Sophia estaba radiante. Su sonrisa lo decía todo: Estaba disfrutando cada segundo de la humillación de Ziara y la pérdida de control de Yaniel. Ziara respiró hondo. Su voz salió suave, casi temblorosa, pero clara: —Si… si esto es lo que ambas familias desean, yo… cooperaré. Yaniel giró hacia ella tan rápido que la hizo estremecer. —No digas estupideces —escupió—. No tienes por qué aceptar esto. Ziara se enderezó despacio. —Tampoco tengo opción. Por un segundo—solo uno—Yaniel se quedó en silencio. Como si hubiera visto una parte de ella que nunca antes había notado. Una fortaleza quieta. Una resignación digna. Una valentía que lo descolocaba. Pero apenas ese sentimiento apareció, él lo enterró bajo el hielo habitual. —Si aceptas —dijo él, con frialdad— que sea claro: no esperes cariño. Ni cercanía. Ni un matrimonio real. Marcela Moretti sonrió satisfecha, como si esa frialdad fuera exactamente lo que esperaba. Ziara bajó la mirada. —Lo sé, señor López. Sophia soltó una carcajada baja. —Ay, hermanita… ¿qué se siente comprometerte con un hombre que te detesta? Ziara respiró hondo, tragándose el dolor. Yaniel volvió a mirar a Sophia, con una expresión tan hostil que incluso ella se quedó callada. —No le hables así —gruñó él. Hubo un silencio. Ziara alzó levemente la cabeza, sorprendida. Por un instante, los ojos de Yaniel encontraron los suyos. No había ternura. No había cariño. Pero había algo nuevo. Algo que Ziara no supo descifrar. Algo que Sophia notó… y odió. Armando Moretti dio un aplauso suave. —Bien, entonces. Pasemos a lo importante. Un asistente entró con una carpeta gruesa. Dentro, los acuerdos del compromiso. —Hoy —dijo el patriarca Moretti, mirando a Ziara—, tu vida cambiará para siempre. Yaniel se cruzó de brazos, rígido, furioso, atrapado. Ziara apretó los puños con fuerza bajo la mesa. El documento fue abierto. Las plumas colocadas sobre la mesa. Los testigos acomodándose. El ambiente… cortante. Era oficial. Ambas familias, unidas… para sellar un compromiso que ninguno de los dos protagonistas quería. El destino ya había comenzado a moverse. Y ni Yaniel ni Ziara estaban preparados para lo que venía.






