Mundo ficciónIniciar sesiónLa oficina seguía oliendo a café caro y perfumes excesivamente elegantes, pero el ambiente ya no era de celebración. Había tensión. De la peligrosa. De la que podía romperse con una sola palabra mal puesta.
Ziara sentía las manos húmedas bajo la mesa mientras jugaba nerviosamente con el borde de su vestido. Tenía la sensación de que todos la observaban, juzgando cada detalle de su cuerpo, de su postura, de su respiración. Sophia, sentada a su lado, no perdía la oportunidad de clavarle una mirada envenenada cada vez que alguien la felicitaba por el compromiso. Del otro lado de la mesa, Yaniel mantenía su postura rígida, impecable, con el rostro completamente inexpresivo… incluso más frío que minutos antes. Y, aun así, cada pocos segundos sus ojos viajaban hacia Ziara, como si quisiera leerla, calcularla, anticipar su próximo movimiento. Era evidente que estaba furioso. Y no por el compromiso. No por los acuerdos. No por las familias. Estaba furioso con ella. Como si fuera culpa de Ziara que lo hubieran presionado hasta ese punto. —Bien —anunció Lorenzo Moretti, el padre adoptivo de Ziara—. Como ya hemos tratado los puntos principales, solo nos falta revisar los términos finales del acuerdo matrimonial antes de fijar fecha definitiva. Yaniel apretó la mandíbula. Ziara bajó la mirada, sintiendo cómo Sophia se acomodaba en su silla con una sonrisa maliciosa. El abogado de los López abrió una carpeta de cuero negro y empezó a repartir documentos. —Son cláusulas estándar —explicó, aunque su tono dejaba claro que nada allí era “estándar”—. Se aseguran los intereses de ambas familias, las propiedades, los porcentajes accionarios que se fusionarán… y, por supuesto, el plazo mínimo del matrimonio. Ziara sintió que la sangre le bajaba a los pies. Plazo mínimo. Era como firmar un contrato de empleo… pero con su vida. —Tres años —intervino la madre de Yaniel con voz firme—. Creemos que es un periodo razonable para consolidar públicamente la unión. Sophia carraspeó, fingiendo inocencia. —¿Tres años? Qué esfuerzo tan… grande para algunos. —Miró a Ziara con descaro—. Aunque, claro, puede que ni siquiera llegue a tanto. Nunca ha aguantado nada en su vida. Ziara no respondió. No podía. Cada vez que Sophia hablaba, era como si un puñal frío le atravesara la garganta. Pero lo que sí hizo, aunque sin quererlo, fue mirar a Yaniel. Y él la miró a ella. No con apoyo. No con empatía. No con comprensión. La miró con una mezcla amarga de desconfianza, irritación… y algo más oscuro. Como si estuviera convencido de que ella era responsable de todo eso. —Tres años está bien —respondió Yaniel sin apartar la vista de Ziara—. Después de todo… algunos compromisos deben tomarse con seriedad. El comentario la golpeó directamente. Ziara tragó saliva y trató de mantener sus manos quietas, pero el temblor era inevitable. La madre de Ziara intervino: —Y por supuesto, queremos asegurarnos de que… —sus ojos se clavaron en el cuerpo curvy de su hija— …las apariencias se cuiden. El matrimonio requiere presencia pública. Imágenes. Eventos. Representación. Sophia soltó una risita. —Especialmente si la novia no… encaja. —Sophia —fingió reprenderla su madre sin convicción—. No seas cruel. Pero Sophia estaba disfrutando demasiado. —Es solo un comentario. Las cámaras son despiadadas. Y Ziara siempre ha sido tan… —hizo un gesto con la mano, como quien describe un objeto incómodo— …sensible. Ziara cerró los ojos un instante. Respira. No llores. No aquí. No delante de él. Pero, paradójicamente, fue Yaniel quien habló. —La imagen de mi esposa será mi responsabilidad —dijo en tono cortante, como si no lo hiciera por defenderla, sino por marcar territorio—. No necesito opiniones externas. El golpe silenció a todos. Sophia se tensó, apretando los dientes. Las madres intercambiaron una mirada incómoda. Ziara lo observó desde su asiento. No parecía estar defendiéndola. Parecía… poseerla. Como si dijera: “Es asunto mío, nadie toca lo que es mío”. Pero no “mío” de amor. “Mío” de contrato. El abogado siguió hablando. —Para formalizarlo, ambas partes deben firmar estos documentos preliminares. Si están de acuerdo, se procede a anunciar la fecha y se inician los preparativos oficiales. Yaniel tomó su pluma estilográfica sin dudar. Ziara… no podía mover la mano. Era como si su cuerpo entero se negara. —Ziara —dijo Lorenzo Moretti con tono autoritario—. Firma. Sophia apoyó el codo en la mesa, disfrutando cada segundo. —Sí, hermanita… firma. No todos los días una curvy como tú atrapa a un López. Aprovecha antes de que él cambie de opinión. El rostro de Yaniel se endureció violentamente. Su mirada se volvió hielo puro. —Eso es suficiente, Sophia —espetó él sin levantar la voz, pero con un filo mortal que hizo que incluso su madre lo mirara sorprendida—. No tolero que nadie hable así de mi… futura esposa. Sophia se quedó muda. Y Ziara… sintió que algo se movía dentro de su pecho. Una chispa de algo desconocido y peligroso. No era protección. Ella lo sabía. Era orgullo. Dominio. Control. Pero aun así… la hizo sentir vista. Yaniel giró la mirada lentamente hacia ella. —Firma —ordenó, esta vez en voz baja, profunda, seria—. Y terminemos con esto. Ziara tomó la pluma. Sus dedos temblaban tanto que la tinta manchó un borde del papel. Todos la observaban. Todos. Excepto él. Yaniel miraba el vacío, como si firmar su vida, su futuro y su matrimonio fuese una simple propuesta de inversión. Respira, Ziara. Respira. Y entonces firmó. Cuando el último trazo quedó completado, el mundo pareció quedarse en silencio. Había cruzado una frontera invisible. Los Moretti aplaudieron con falsa felicidad; los López brindaron con sonrisas medidas. Los acuerdos estaban sellados. El compromiso… oficialmente cerrado. Pero justo cuando todos se levantaron para felicitarse entre sí, Yaniel se inclinó hacia Ziara y murmuró en su oído, con la voz más fría que ella le había escuchado jamás: —Disfruta este momento, Ziara. Porque a partir de ahora… comienza tu verdadera prueba. Y no voy a ponértelo fácil. Ziara sintió el corazón caerle al estómago. Lo peor no era lo que decía. Era cómo lo decía. No era una advertencia. Era una promesa.






