La oficina seguía oliendo a café caro y perfumes excesivamente elegantes, pero el ambiente ya no era de celebración. Había tensión. De la peligrosa. De la que podía romperse con una sola palabra mal puesta.
Ziara sentía las manos húmedas bajo la mesa mientras jugaba nerviosamente con el borde de su vestido. Tenía la sensación de que todos la observaban, juzgando cada detalle de su cuerpo, de su postura, de su respiración. Sophia, sentada a su lado, no perdía la oportunidad de clavarle una mirad