Capítulo 46.
En la villa de Pacheco.
Aitana se mantiene observando cada una de las pequeñas luces que brincan contra los enormes cristales dándole una bienvenida, agridulce.
Aunque la mano de León era una referencia de equilibrio.
El rose de su mano era una especie de corriente eléctrica que recorre cada parte de su ser, despertándola.
— Yo… Te agradezco.— El susurro de Aitana ante la inmensidad envolvente de ese hombre, era un contraste inesperado.
— No tienes nada que agradecer, ve a tu habitación descan