El día no había empezado mal en la oficina. Los números seguían sin cuadrar, pero sabía cómo enderezarlos. Ese tipo de problemas nunca me preocupaban demasiado; siempre encontraba la manera de sacar todo adelante.
Y, sin embargo, últimamente, el imperio que había construido con tanto esfuerzo siempre tenía una manera de tragarse toda mi energía, me daba cuenta de que no importaba cuán grande fuera… estaba solo dentro de mi jaula dorada.
Entonces la puerta se abrió: Firenze.
Mis ojos se encontra